Crítica, Simplemente editores

Crítica Literaria: “Sólo digo compañeros”

Lo demás fueron los árboles y el viento, Rubén González Lefno. Simplemente editores, 2016, 212 p.

“Escucha, yo vengo a cantar
Por aquellos que cayeron.
No digo nombre ni seña,
Sólo digo compañeros.”

Solo digo compañeros de Daniel Viglietti

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Por Gonzalo Schwenke

Lo demás fueron los árboles y el viento (2016) es la cuarta obra de Rubén González Lefno (Valdivia, 1950). En el presente libro, el narrador protagonista se presenta veinte años después de ocurridos distintas acciones políticas por parte de colectivos de izquierda y recuerda laseraciones y los recursos desplegados en la zona sur del país para hacer frente al horror de la dictadura. Una historia significativa pero que ha sido olvidada por parte de la población: como el asalto al cuartel en Neltume o el primer apagón en la zona sur del país.

El foco está en los desplazamientos de los milicianos a través de las ciudades, poblaciones y accidentes geográficos, quienes intentan articular diversos objetivos que puedan desestabilizar la dictadura. Así, podemos leer viajes dentro del país, traslado de armas, organización y secuestro de camiones para entregar el contenido lácteo en las poblaciones. Esto pese a que los medios de comunicación están en directa orden al régimen fascista.

Es mediante la confrontación con el orden social impuesto por la dictadura que conocemos el grado de violencia en el ambiente, ya que la narración de focalización externa, no da cuenta sobre la envergadura de los actos del grupo, sino cuando ejecutan las metas acordadas o deducen sobre los seguimientos que son parte de los servicios de represión del régimen.

El desarrollo de las relaciones del conjunto está determinado por puntos de contacto que ordena la estructura del partido. Dichos encuentros a pleno luz del día y en diferentes ciudades, exigen que los combatientes estén atentos a la vigilancia de la CNI y militares. Famosos por ejercer una tortura y desaparición sistemática de cuerpos humanos: “sesiones interminables de golpes, picanazos eléctricos, nuevas golpizas, más picana… pero el interrogatorio no conseguía avanzar más allá” (129). De igual forma, caminan con cuidado, protegiéndose para no caer mediante constantes cambios de nombre y vestimenta.

Los constantes errores de edición permiten que el contenido se desplace a un segundo plano. Este manuscrito está lleno de ripios, adjetivizaciones y el uso indiscriminado de guiones explicativos en cada hoja. Lo que demuestra las inseguridades del escritor, ya que las descripciones caen en la cháchara y su sintaxis es de nivel de primero medio: “El conductor del camión calculó que en las dos cuadras siguientes debían seguir existiendo los hoyos en el terreno tanto tiempo dañado y sin atisbo de que la autoridad tuviera intención alguna de repararlos” (56). Las reiteraciones y redundancias en el uso del léxico se muestran desde el inicio. De tal modo que en las páginas 11 a 15, encontramos palabras repetidas: desplazar, minuciosamente, contentos, grupos y horror.

La estructura de la obra es insostenible en varios pasajes. González Lefno despliega saltos temporales pero a continuación, existen cambios de locaciones sin la debida oblicuidad literaria que permita otorgar continuación a la lectura. De esta manera, los sucesos que dan contexto se enuncian pero no se describen pese a que los personajes dialogan en torno al tema, porque los temas se dan por hecho sabidos pero no han sido investigados. No basta con buscar testimoniar a los sujetos que detentan este tipo de información si no existe investigación que otorgue ambientación al relato.

Lo demás fueron los árboles y el viento (2016) es una novela testimonial sobre la insubordinación de jóvenes sureños que lucharon contra la dictadura, pero nunca sabremos las características que los diferenciaban entre sí, el espesor dialógico que los unía y promovían, o los obstáculos de la naturaleza de quienes bajaron de la montaña. La plusvalía literaria se ejecuta desde el registro de esta Historia pero que se pierde en el alboroto de la escritura que despunta por estar señalada desde un lugar cómodo y timorato.

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Narrativa, Pehuén

Crítica Literaria: La comunidad de los marginados.

Xampurria, somos del lof de los que no tienen lof, Javier Milanca Olivares. Pehuén ediciones, 2015, 121 p.

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Por Gonzalo Schwenke

La palabra huilliche “xampurria” (como se señala en la introducción) hace referencia a la doble identidad que cohabita en el sujeto, es decir, no pertenece a lo chileno ni a lo mapuche. Este desarraigo territorial y simbólico, evidencia la negación y menosprecio por los orígenes mestizos del individuo. A partir de esto, Javier Milanca (Valdivia, 1970) pretende vencer perspectivas reduccionistas desde la emergencia de dicho mestizaje y utilizando la tradición oral, lo que le permite manejar de manera destacada los tiempos narrativos.

Xampurria, somos del lof de los que no tienen lof (2015), es un volumen de cuentos divididos en relatos largos (epew) y breves (pichi epew), que se constituyen como una revelación literaria. Este tercer libro, se encarga de visibilizar la ausencia del orden posmoderno que destaca por la frivolidad pomposa, enfrentándolo con el realismo social, sin metáforas ni redundancias, donde mujeres y hombres son parte del escalafón más bajo de la pirámide neoliberal. Por consiguiente, transitan su cotidiano estando arrinconados en el desamparo, la marginación y la muerte. Dicho esto, la única salida que les va quedando es la insubordinación debido a la propia estrangulación que promueve la estructura del capital que discrimina y posterga.

La memoria ancestral da cuenta de historias de una nación que ha sido ultrajada por la constante violencia estatal. En “la herencia de Evaristo Paichil”, el poder despoja al derrotado del derecho más mínimo: sepultar a los muertos: “seleccionados a gatillo por sus verdugos, a vuelos y abuelas no les alcanzaron a hacer el rito de sepultura con las Llangkas para que su Püllü encuentre el reposo, y sus huesos insepultos se perdieron en medio de los remolinos (…)” (23) Dando cuenta del proceso de colonización y aniquilación de los indígenas (Wallmapu) entre Chile y Argentina. El acto de negación de esta situación tradicional, lo podemos localizar con ciertos grados de similitud con nuestra historia reciente, tras la sistematización de aniquilar personas tras el golpe de 1973.

La fortaleza femenina es otro de los aspectos transversales en la obra. Si el orden masculino se ve socavado por la explotación y frustración, la mujer cumple un rol fundamental, puesto que, emerge como pilar en una narración desgarradora del mundo popular: “La viuda Quilaqueo se convirtió en una mujer abnegada. Sacrificando su propio cuerpo se convirtió en una invencible lavadora de ropa ajena…” (30) Estos personajes no tienen tiempo para melodramas porque deben sobrevivir a un contexto que es violento para sus propias vidas: “Llevaba una vida poblada de chiquillos andrajosos, medios piluchos, piojentos y sarnosos, criados a la munda.” (37)

Finalmente, el libro tiene una riqueza de saberes y testarudez frente a la muerte, lejos de tópicos folclóricos y donde no llegan los discursos para aspirar al primer mundo. El mayor mérito se basa en el dominio y espontaneidad para mostrar las comunidades sin tierra y en estado de resistencia en el sur de Chile. Xampurria (2015) viene a confirmar que el panorama social no ha cambiado y las denuncias que se exponen en las narrativas como en Quilapan de Baldomero Lillo y en el roto de Joaquín Edwards Bello se mantiene sobre el pueblo mapuche.

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Crítica, Ril Ediciones

Crítica literaria: “Te juro que te adoro y en nombre de este amor y por tu bien te digo adiós.”

Tiempo quebrado, Pedro Staiger. Editorial RIL, 2016, 212 pp.

 

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Por Gonzalo Schwenke

“El adjetivo, cuando no da vida, mata.”

Vicente Huidobro

Un libro de cuentos y tres novelas cuenta en su haber Pedro Staiger (Santiago, 1942). Piloto jubilado y escritor. Tras pasar por numerosas escuelas literarias chilenas comprendemos por qué el éxito no lo determinan los talleres, ni está ligado con calidad literaria, puesto que, para esta lectura se requiere paciencia y buen estómago para sobrellevar estas 212 páginas.

La novela Tiempo quebrado (2016) nos presenta un verdadero melodrama literatoso. La línea argumental está basada en el clásico: “te juro que te adoro y en nombre de este amor y por tu bien te digo adiós.” Tras veinte años de distancia, los protagonistas se reencuentran fortuitamente en el Central Park, de Nueva York. Ahora Jorge es un excomunista relamido, exiliado por la dictadura chilena e Isabel, ha finalizado sus estudios de piano. Allá en Europa se conocen, se enamoran y conviven por algún tiempo hasta que el destino le da clarividencia a Jorge, quien da por finalizada la relación: “desde aquella tarde en parís, cuando creí despedirme, cuando traté de explicar con una torpe carta que lo nuestro no podía seguir.” (12).

Los protagonistas de la novela se establecen dos voces que se van intercalando por capítulos. La historia puesta en boca de sus protagonistas resulta ser, en términos generales, similares porque se basan en una verborrea acérrima, llena de descripciones, extensos recuerdos que son contados de manera pasajera, usando pésimos adjetivos y en la que las comparaciones parecen ser la clave para una mejor narrativa. Ellos disfrutan de la ostentación y las divagaciones en espacios eurocéntricos los que disfrazan de temores sobre una historia en común. Con una capacidad única de describir las cosas de tal modo que parezca un lujo estar en aquellos lugares cosmopolitas para compartir “un expreso colombiano de tueste oscuro”, y “un capuchino con sabor de avellanas” (19). Una prosa anacrónica digna de alumnos enamorados.

No todos consiguen narrar sin aburrir: “más de veinte años habían escurrido del reloj de arena de nuestras vidas” (9), “dimos con un lugar que ofrecía tal variedad de sabores y torrados que nos dejó sin respuesta” (19), “era abdicar voluntariamente al juicio, abandonarse al sentir y dejar del lado de afuera de la ventana el mundo entero y todas sus miserias.” (97) y “tal vez nos podamos responder que todo estaba escrito, que nada hemos inventado…” (210) De esta manera, Staiger destaca en cada párrafo del libro por el uso de lugares comunes y retórica simplona. Objetivo que se cumple con excelencia de manera sostenida y constante.

El mundo de Isabel –la alta burguesía– está sometido a una constante recriminación del sujeto femenino, siempre menor y anteponiéndose al castigo interiormente: “Ese aperitivo innecesario y absurdo que se me ocurrió” (63), “nunca podré aceptar el hábito” (64), “me arrepentí de inmediato” (107), y “tantas cosas absurdas cruzan la mente de una mujer abandonada.” (109) Encontramos un sujeto femenino diezmado, en estado de discordia consigo misma desde lo cotidiano hasta las relaciones familiares, e incluso en el abandono de Jorge: “mi padre no estaba bien de salud y el dolor que le causaba su hija sería excesivo para él” (111). Ella encara la situación de madre soltera en Europa. En tal sentido, se confronta al espacio simbólico del castigo familiar que viene desde el espacio materno, quien a su vez, representa la norma social de la clase acomodada: “No tuvo el coraje para preguntarme quién era el padre de su nieto (…) de todas las reacciones posibles, era esta la más castigadora.” (114) y “le respondí una sola vez a sus interrogantes y la herí profundamente con la tajante solicitud de que no se metiera en mis problemas…” (137). De esta forma, las relaciones femeninas se desarrollarán en conforme a la normativa masculina con cierta aprensión y preocupación.

Finalmente, Tiempo quebrado opera de dos formas: primero el sustento está determinado “el adjetivo que no da vida, mata” y, segundo, la excesiva información, una constante. Lejos de cualquier pertinencia y precisión, la novela lleva a lo más alto la idea de que el destino pone en un trance histórico a personajes que irremediablemente deben confrontarse. Una ficción con la que debes convivir, donde la problematización se debe anular y posteriormente arrepentirse, una voz adherida a la Concertación noventera, quienes regresaron del exilio para emborracharse con el mercado. Olvidar es la consigna, la memoria supone desconsuelo que es dañino.

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Crítica, Random House Ediciones

Crítica literaria: “Las vocales del verano”

Las vocales del verano, Antonia Torres. Random House ediciones, 2016, 108 p.

“Una gaviota hacia Niebla grita su canto de invierno
Y en la ribera se ahoga la sombra sucia de un perro
Un bronco motor emerge desgarrando un ruido nuevo:
luego brotan en la sombra dos convoyes madereros”

“Valdivia en la niebla” de Patricio Manns

Por Gonzalo Schwenke

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Tras una larga tradición en el ámbito colectivo de los talleres literarios como Trilce, Aumen, Murciélago, Matra e Índice, quienes aportaron un profuso pensamiento desde la lluvia y la naturaleza frente a lo moderno y hegemónico de la capital, la creación y discusión en Valdivia, se ha ido diluyendo y parcelando de una manera insípida. Por lo que no es extraño actualmente que algunas áreas culturales, se hayan ido disgregando hasta el punto de estar moribundas.

Las vocales del verano (2016) es la primera novela de la poeta valdiviana Antonia Torres (1975). El personaje femenino regresa a la casa familiar de veraneo después de una larga ausencia. Durante la estación de las lluvias, contempla el paisaje y busca diversos recovecos del pasado para reafirmar su historia personal. Alejada del ritmo lacerante e implacable de la ciudad, es en el frío y en la tranquilidad de la costa donde conoce a Rubén, un leñador y pescador de la zona con quien tendrá el único lazo tangible durante su estadía.

La obra está dividida en pequeños capítulos no enumerados los que destacan por el uso de la frase breve y descriptiva. Dentro de ellos se van intercalando los raccontos en la que la protagonista evoca la infancia, el archivo familiar y las amistades. Sin embargo, la transformación y las características de los sujetos que surgen no cambian en el volumen. Lo que anula cualquier problematización de los dispositivos de poder que se desenvuelven en esta sociedad rural.

La protagonista se presenta cosmopolita y globalizada cuando llega al sector costero para encontrar el descanso y regocijarse a sí misma. A medida que se desplaza por la localidad observa a la población con cierto temor y distancia, esto permite que se posicione sobre otros y los reduzca pobremente con la primera imagen: “sintió el olor a cuerpo de un hombre vulgar” (39). Sin embargo, esta postura es frágil ya que rápidamente se subordina a lo masculino, es decir, lo femenino está supeditado a la verdad de los hombres en cualquiera de sus variables: dios, padre o amante. En el caso del amante, él construye el panorama del poblado: “Rubén se fue con sus bueyes (que no eran suyos) y las pequeñas historias locales de los últimos años.” (32) De igual modo, ella colabora con plena facultades sensoriales en la construcción de lo masculino desde un encanto que es efímero y banal: “Nunca le habían gustado los hombres perfumados ni menos uniformados, pero este tenía un aire de masculinidad tan obvia y previsible que le pareció atractivo.” (81) De esta manera, la alteración de la lucidez de conciencia es el último resquicio para explorar y ampliar su identidad más allá las normas sociales impuestas: “De pronto, sin saber cómo, una mujer la besaba sobre una mesa de melanina y ella se dejaba besar.” (47)

La inmensidad del mar determina el ordenamiento de los hechos. En aquella dimensión, la protagonista se adapta al entorno invernal, distanciándose de los aconteceres de la localidad. Este orden social se problematiza cuando ella vislumbra la aparición de un cadáver en la playa, aunque prefiere dar la espalda y no saber los motivos: “No puede ser que no hayan visto el cuerpo, se dijo.” (61) Su comportamiento, representa a cierto sector chileno que simboliza que tras el horror de la dictadura, prefiere olvidar que buscar, eliminar en vez de efectuar los ritos fúnebres correspondientes.

Las vocales del verano es una novela que se inscribe dentro de las narrativas chilenas de postdictadura que buscan en la memoria encontrar la identidad. Así, aunque tiene capítulos auspiciosos, se van disipando como la niebla, ya que hay una prédica sobre el júbilo de clase, el sometimiento femenino ante la virilidad y personajes que miran al mar pero son incapaces de reflexionar el presente o del otro. Elementos que no son desenmascarados sino que asimilados como quien se queda observando el mar.

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Crítica

“Ok, muchachos vengan a bailar”

Pinochet Boy

Rodrigo Ramos Bañados

Editorial Narrativa Punto Aparte, 2016, 162 pp.

Por Gonzalo Schwenke

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La política-económica impuesta por la dictadura cívico-militar a través de los Chicago Boys, se sintetiza como la privatización de los recursos nacionales para satisfacer las demandas del mercado internacional. Así, cuando la Concertación llega al poder, perfecciona el modelo mediante los Tratados de Libre Comercio (TLC). Es decir, el proteccionismo estatal se anula y el país navega al ritmo de las potencias económicas a las que les suministramos materias primas.

Pinochet Boy (2016) es la cuarta novela del antofagastino Rodrigo Ramos Bañados. Periodista de la cadena mercurial, ha publicado previamente Alto Hospicio (2008), Pop (2010) y Namazu (2014). Su proyecto literario, se caracteriza por la concentración de personajes en un ambiente atosigante, colmado de trepadores y precariedad. En esta reciente novela se advierte cómo el modelo económico ha configurado las vidas de los habitantes desde el ámbito laboral hasta las relaciones íntimas y sociales. La ciudad del desierto, es el paraíso de quienes están ligados a la empresa minera más importante del territorio.

El volumen está dividido en cinco partes, segmentación que está demás ya que los temas entre capítulos se entrelazan. La narración tiene como centro la voz de Leonidas, quien aparece observando y esperando el regreso de Sol. El personaje relata las vivencias de Pedro, un frustrado escritor que considera que la literatura es un medio para escapar de la realidad. Otro de los coprotagonistas es Mirko, periodista, músico y dealer, quien crece entre colegios y escuelas donde es discriminado por ser huérfano, criado en medio de una familia evangélica y que no puede salir del país por ser deudor de un crédito universitario y, por ello, estar en Dicom, se gana la vida en labores mal remuneradas.

En este tipo de sociedad, todo el que tenga dinero o apellido de prestigio será admitido dentro de un alto grupo social, sino lo detenta será discriminado. Los militares y el empresariado dominan el paisaje desértico, igualmente quienes están vinculados al Opus Dei y simpatizan con la “obra” del dictador Augusto Pinochet: “la estampita de Escrivá de Balaguer era frecuente en las oficinas de los poderosos de la ciudad” (38).

Uno de los personajes que busca alcanzar influencia social, es el director de la orquesta: hipócrita, doble estándar, arribista y misógino. Vive de la importación de alimento para perros y la dirección de la orquesta es un pasatiempo. De esta manera, se codea con los empresarios y las mineras quienes, en un afán de apropiarse de la gran cultura equipan y mantienen la orquesta para escuchar anualmente “Radetzky March”, o sea, el arte al servicio del arribismo degradante, repartido entre la iglesia y el mercado.

Mientras muchos piensan que los totalitarismos desaparecen, el neoliberalismo se instala como un espectáculo radiante donde el pensamiento es colonizado por un frágil espesor económico y una situación de conservadurismo. Ambos elementos determinan el rango de influencia.

Dentro del panorama cultural nortino aparece una serie de personajes, entre los que destacan los artistas marginales o malditos que están fuera de todo, el escritor de best sellers Rivera Letelier, aquí llamado Chaqueta, quien aprueba o rechaza escritores emergentes, que realizada talleres vinculados a la minera y desfila por ferias del libro del norte; Campbell, un publicista progre que negocia su trabajo artístico con la minera, entre otros.

El desarrollo de las relaciones sociales está a cargo de las mujeres, quienes emplean con gentileza la astucia y el oportunismo para negociar con el sujeto que tiene determinado poder y sacar provecho de las posibilidades: “A la académica (…) le pareció machista una opinión de Pedro y lo mandó a la mierda, pero a Pedro le pareció contradictorio que ella tomara café con Chaqueta, quien era un machista declarado.” (25), y “Sol impostaba el tono de voz cuando hablaba con alguien importante para su trabajo” (77).

Pinochet Boy es una novela que hostiga al lector con densidad atmosférica, que al utilizar el flashforward, mantiene la narración en una regularidad sobresaliente. Los personajes otorgan un mapa general y verosímil a la ciudad del norte: locación no definida por lo que tales dinámicas y estructuras sociales ocurre en todo el norte grande. Finalmente, el personaje principal se sitúa con naturalidad a observar sin necesidad de escarbar en la basura porque todo se presenta ante sus ojos.

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Crítica

Reducciones

Reducciones

Jaime Huenún (Valdivia, 1967)

Lom Ediciones, 2012

183 páginas.

Por Gonzalo Schwenke

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La poesía mapuche centra todo su poder en la Palabra. En ella existe el anhelo por rescatar el territorio despojado, por aquella cultura que busca, y sobre todo, preservar la memoria. En ella se dialoga, se parlamenta, se canta, tanto con los vivos como con los muertos; en definitiva, una palabra poética que se nutre de la madre naturaleza para situar desde ahí, una memoria histórica, mítica y familiar, que ha sido asimilada o integrada a formatos ajenos a la del mapuche.

La obra poética de Jaime Huenún, en Reducciones es el viaje de un pueblo que ha sido reducido por una civilización que acepta lo europeo y rechaza la cultura que incluyó durante la construcción de la Nación. El poeta indaga en las memorias ancestrales, para asumir su condición champurria —una dimensión entre fronteras tensionadas por sus relaciones de conquistadores y ocupados—, y de este modo, utilizar estrategias discursivas que faciliten la construcción identitaria de su pueblo. En otras palabras, el poeta intenta vencer la reducción por medio de nuevas identidades, las que vendrían a situarse en un mundo intercultural y globalizado. Ahora bien, el concepto de reducción, se entiende a partir de una fractura histórica y la evidente fragmentación del sujeto. Lo anterior, es el cambio del paradigma identitario de los mapuches: la pérdida de una serie de elementos constituyentes de identidad como la lengua che zungún, la cosmovisión mapuche ejercida en el espacio territorial, ahora debilitada y enajenada lo que provocó que sus hijos migren campo-ciudad, asimilando el idioma y cultura chilena. Es así, que la historia contempla un proceso de control cultural, una imposición en que el grupo dominador introduce elementos culturales ajenos en el universo cultural de los vencidos.

Las nostalgias y las resistencias forman parte de un escenario autónomo pero en permanente peligro dado por las irregulares prácticas del neoliberalismo, el hablante se detiene en su viaje para comunicar a sus pares los peligros que acecha el territorio, luchar por lo poco que les va quedando y en este ejercicio se aprecia el respeto hacia la naturaleza ya que es ella quien da la fortaleza a las comunidades que tienen el deber de proteger de los peligros dicho recurso.

Reducciones, es un libro complejo que recorre y revisita la historia del pueblo mapuche, la del conquistador, nuestra historia chilena y la vuelta al origen del mapuche desde la ciudad. Dicho esto, el poeta se instala en la urbe recuperando y apropiándose de espacios que antes no le eran comunes, que son usados para difundir la Palabra mediante una profunda riqueza estratégica de carácter transtextuales, y de esta manera, acceder a la lírica universal sin entrever códigos poéticos con la tradición poética chilena.

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Crítica

“Mal educados: Mitos y verdades sobre la educación en Chile”

“Mal educados: Mitos y verdades sobre la educación en Chile”

Ricardo Martínez Gamboa (Santiago, 1969)

Editorial Plantea, 2016. 156 páginas.

Por Gonzalo Schwenke

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Mal educados” es un texto-ensayo convencional, en donde se intenta responder 40 preguntas que un amplio sector realiza sobre la educación y que considera una bibliografía, la cual va desde textos teóricos hasta artículos de diarios, otorgando un aparente respaldo y seriedad al tema. Se observa, entonces, que el autor no está improvisando. Aun así, lo que determina el valor del libro será su discurso ambivalente, que no termina de posicionarse ni tampoco define sus planteamientos cabalmente.

 

Martínez Gamboa (1969), en un afán dialogar sobre la educación chilena, establece un discurso que rememora el slogan “hoy vamos bien, mañana mejor”. En su introducción sostiene ideas confusas, como denominar la actual situación educacional como una “revolución”, la que luego cambiará a una reforma educacional. Sólo en el término utilizado existe imprecisión. En el mismo sentido, sostiene que la reforma se viene desarrollando desde los noventas, en cambio, no se describe ni cuáles ni de qué manera se desarrollaron dichos cambios, aunque determina que fueron avances sorprendentes. Por lo tanto, nos hemos ido convirtiendo en un país pionero a nivel educacional en la región, lo que nos permitiría acercarnos a los modelos europeos.

 

Hacia el final de esta presentación, declara que: “me esforzado, hasta donde ha sido posible, para mantener lo que se denomina ‘un punto de vista neutral’, de manera de someter cada una de las preguntas a una respuesta lo más significativa posible. Sin embargo, es evidente que, como cualquiera, dispongo de mi propia perspectiva. En diversas ocasiones, a través de este libro, aparecerá mi experiencia personal, alguna anécdota, alguna historia de la que he sido testigo.” (21). Dicha neutralidad y carencia de protagonismo, es inquietante si entendemos lo anterior como: soy autor de un libro, instalo una mirada neutral sobre el tema, está mi experiencia presente, mas no soy protagonista sino testigo de mi vida. Cualquier estudiante -quienes históricamente han puesto el tema en la palestra- que le comente lo anterior, generaría un lolface.

 

Dentro de las cuarenta preguntas que ha realizado el profesor y experto en el tema, observamos la ausencia de la palabra clave: ¿qué es calidad?, ¿qué entendemos por calidad?, ¿cuáles son los parámetros que rige la calidad?, o ¿cuáles son los elementos que constituyen la calidad?; preguntas que tampoco los gobiernos han sabido responder, pero el autor ha manifestado abordar los problemas actuales de la educación. En una de las interrogantes: “¿En qué hay que fijarse a la hora de elegir un colegio?”, escribe que, “partamos de la base de que todos los padres al elegir un colegio buscan calidad para sus hijas e hijos, esto es, que el colegio logre entregarles la mejor educación posible(…)” (30). En una relación asimétrica, la búsqueda de calidad y la posterior selección del establecimiento educacional que tanto ansían los Padres y Apoderados para sus hijos, está situada en el tipo de visión y misión que elabora cada colegio, por lo que inferimos que el desarrollo de la calidad se encuentra allí, así también, como parte de la selección, se encuentra el costo de colegiatura, la distancia desde el colegio al hogar, las evaluaciones SIMCE y PSU.

 

Este libro supone estar dirigido al lector interesado en la educación en Chile, pero no presenta respuestas claras a la noción de “calidad”, tampoco en los “Estándares Docentes” (2011), que el autor cita en la pregunta n° 7 “¿Hay que evaluar a los profesores?” Sin embargo, donde sí está claro, es que exista un control de medición docente y a las escuelas de pedagogía, mediante pruebas, actividades, tomar muestras de clases, revisar programas de estudio y con una pauta realizar evaluaciones el ejercicio de la docencia

 

Finalmente, el objetivo del libro pretende responder diversas preguntas sobre la educación, valorando lo hecho hasta ahora e invitando al lector a que aclare sus dudas sobre la materia. De esta manera, sin una visión crítica y poco específica, “Mal educados: mitos y verdades sobre la educación en Chile” (2016), deja más inconsistencias argumentales, como creer que la bebida zero ayuda a la dieta o a la diabetes.

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